miércoles, 8 de agosto de 2012

EL MISIONERO DE LA INDIA (Uno de mis últimos relatos)

Jamás podré olvidar el día en que fui trasladado, por un tiempo, a una de las siete ciudades sagradas del hinduismo, más antigua incluso que la propia historia, como bien diría Mark Twain. Sí, hablo de Benarés-Vanarasí, ciudad santa en la que una de las cuatro cabezas del dios Brahmá pudo lograr su eterno descanso apenas atravesó sus puertas. En mi mente nunca dejará de reposar aquella imagen del genuino fakir que captaría mi atención desde el mismo instante de mi llegada a la, según rezaba la leyenda, ciudad del dios Shivá. A través de su porte éxotico era capaz de vislumbrar toda la esencia de la magia oriental, e incluso diría que, con su penetrante mirada, podía hasta entrever su peregrinar en la vida, probablemente repleta de fascinantes viajes a cientos de lugares sagrados. Sesenta largos años han transcurrido desde aquel entonces, año 1952 y contando con 26 años de edad, en que la vida me sonreía en cada uno de mis pasos, y la fuerza de la juventud me daba alas para alcanzar hasta la más alta de las cimas. Había decidido, casi sin pensarlo, encaminarla a la devoción, como una entrega absoluta a una experiencia mística. No estaba seguro si aquello que fluía en lo más profundo de mi alma era mi amor por Dios, pero era una forma de salir de dudas. El paso del tiempo se encargaría de poner las cosas en su sitio, y aunque ahora dude hasta de su misma existencia, tampoco me arrepiento en absoluto de haberle dedicado tanto tiempo, porque a la hora de la verdad mi misión no fue captar devotos, sino ayudar al prójimo en todo momento. El fakir me haría partícipe, aquel lejano día ya, de una de aquellas primeras historias que jamás abandonarían los rescoldos de mi mente, único lugar inviolable para mi suerte teniendo en cuenta los estragos que la vejez terminaría causando en mi memoria. Para los hindúes, toda persona que fenecía en este templo sagrado que era Benarés, o al menos en un radio de hasta sesenta kilómetros, era eximido de toda reencarnación, alcanzando directamente a Brahmá, el creador del mundo. Bien sabía yo, el corazón me lo decía, que eso no iba a ocurrirme a mí, pero mientras el fakir me relataba esta singular historia comprendí que él sí estaba preparado para afrontar tamaña empresa, dispuesto ya a no abandonar jamás la ciudad. Un gran sacrifico, sin lugar a dudas, para aquel infatigable viajero... Pocos días después, fui llamado para regresar a Kanpur, continuando así con mi labor misional en la India. Pero esa... es otra historia. © Francisco Arsis (2012)

4 comentarios:

  1. Bello relato, sabes lo que me pasa a veces que leo algo y creo que realmete contais cosas que os han pasado jijij muackssss

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  2. Bueno, algo de real tiene. En la familia tengo un tío muy querido, que fue misionero en Asia...

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  3. Si que es casualidad que ambos nos hayamos trasladado con nuestros relatos hasta Vanarasi.
    Me encantó tu relato.

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    1. ¿Verdad que sí? ¡Qué compenetración!!!! :o)

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